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Por Pablo García Mejía 
Posiblemente leer una biografía sea similar a sacar un extracto de la médula que contiene el alma del biografiado. Sin embargo, no todo es tuétano y nostalgia revivida y recreada. También hay estiércol entre las espuelas. Para Richard Perceval Graves, sobrino de Robert Graves, no tan sólo se trata de seguir las huellas de su ilustre tío sino de rehacer el pasado a partir de los acontecimientos que magullaron y por momentos resquebrajaron el corazón del poeta. 
En realidad se trata de dos biografías reunidas por el mismo autor: El asalto heroico (1895 – 1926), que abarca la infancia y participación que tuvo en la Primera Guerra Mundial así como su vida familiar después de la guerra; y Los años con Laura (1926 – 1940) que cubre el tiempo que vivió con la poetisa norteamericana Laura Riding. También parte de este material está apoyado en la propia autobiografía que Robert Graves escribió a los 33 años: Adiós a todo eso, cuando aún le faltaban 57 años por vivir. De tal manera que son 3 biografías en una y las 3 son incompletas (aunque ninguna deja de ser interesante) pues Robert Graves muere hasta 1985, es decir, 45 años después de esta última biografía. 
Robert Graves creyó desde muy joven en su inmortalidad y en su magnifica poesía, pero dejó un poco de lado su vena novelística, en donde realmente fue grandioso, sobre todo en la novela histórica con Yo Claudio novela que se ha convertido en un clásico de nuestro tiempo: 

Esta novela no deja de ser jocosa desenfada y divertida, comienza el extraordinario camino del placer de la lectura histórica. Sin embargo, los encuentros configurados con la literatura están ramificados e impregnados de poesía: todo gran escritor debe de nutrirse de la poesía, aunque jamás escriba poemas, desde luego, este no es el caso de Robert Graves, pues toda su vida fue regida por una Diosa que se transfigura constantemente es el ente femenino: la Diosa Luna o Musa: ella es la Diosa Blanca a la que nunca se puede traicionar, es la gran representación del arte en general y para Graves en poesía. 

Robert Graves fue siempre un ser de principios poéticos, es por esa razón que la Diosa Blanca lo envolvió desde muy pequeño con su velo; y por su lealtad a la Musa siempre fue compensado en el terreno poético y literario, en sus primeros años, de alguna manera, influyó o se encarnó en su madre Amalia Elizabeth Sophie von Ranke, quien lo alentó en todo momento, más adelante en Nancy Nicholson su primera esposa. No obstante, durante su adolescencia tuvo que sortear algunos escaños, como el creer que su gran afecto por su amigo, Robert Nicholson, era un enamoramiento que lo acercaba al mundo gay, y en una carta enviada a su amigo le dice: ” No me gustaría que creyeran que soy homosexual declarado aunque sólo fuera de pensamiento y no llegara más lejos.” Tiempo después, la Diosa hizo su tercera aparición, ahora en su esencia , es decir, como poetisa: un día cualquiera, Robert se encuentra leyendo Fugitive una revista norteamericana y encuentra un poema: The Quids cuya autora era una poeta estadounidense llamada Laura Riding Gosttchalk. 
Así, para un poeta todo comienza con un poema y Robert entusiasmado con el poema le escribe a la poetisa, de esta manera comienza un carteo lleno de coincidencias poéticas, luego, ocurre lo inevitable: ella viaja a Inglaterra y se conocen, ahora se aman, él se distancia de su esposa y sus hijos y se va con Laura, con quien vive durante 14 años intensos, hasta que los desencantos y los desencuentros se hacen más frecuentes. Posteriormente, conoce a su tercer mujer: Beryl Pritchard, con quien por fin vive la vida serena que tanto ambicionaba. 
Para Richard Percevel Graves no fue nada fácil escribir una biografía de su admirado tío pues tomar la distancia necesaria para encontrar al hombre con sus virtudes y defectos, es imposible la mayoría de las veces por la subjetividad a la que se enfrenta la persona que sigue las huellas del biografiado y quedar atrapadoen su propio círculo para convertirse en rehén de su familia y sentimientos. Sin embargo, el autor le tiene más amor a la legitima historia de ese hombre extraordinario que fue Robert Graves y logra traernos en bandeja de oro el recuerdo y las vivencias del gran poeta y escritor que siempre honró a la Diosa Blanca la Diosa Luna: ella la Diosa de todos los poetas de todos los tiempos. 
Richar P. Graves, Robert Graves. Biografía 1895 – 1940. Editorial Edhasa. Traducción Lucia Graves y Elena Lambea. España, 1992. 462 pp. 

Pablo García Mejía 
Ciudad de México


02/05/2009

LA POESÍA DE ROBERT GRAVES

Publicado en Poesía tagged  a 15:47 por retratoliterario
Robert Graves
Robert Graves
Reconocidísimo autor de obras como Yo, Claudio -más, quizás, por la adaptación a televisión- o Los mitos griegos, y desconocido absolutamente en el género que más apreciaba: la poesía. Y como poeta, sabía perfectamente que su material de trabajo, la palabra y el lenguaje, es el principal obstáculo para acceder a una realidad que, antes, sin palabras, nos llegaba de una forma inmediata, directa, pero inexpresable:
Children are dumb to say how hot the day is,
How hot the scent is of the summer rose,
How dreadful the black wates of evening sky,
How dreadful the tall soldiers drumming by.
But we have speech, to chill the angry day,
And speech, to dull the rose’s cruel scent.
(…)
There’s a cool web of language winds us in,
Retreat from too much joy or too much fear.
El lenguaje es esa “telaraña envolvente”, que aparentemente nos protege, pero que no deja de tener su sentido de “trampa”. Quizás por ello, Robert Graves defendió siempre las formas tradicionales, la rima, sin dejarse, confiado, en manos de la mera palabra que domina el versolibrismo, como en su poema Free verse:
I now delight
In spite
Of the might
And the right
Of classic tradition,
In writing
And reciting
Straight ahead,
Without let or omision,
Just any little rhyme
In any little time
That runs in my head.
Formas tradicionales que servirían para dominar esa “telaraña”, para domarla en favor de la expresión a la búsqueda del enfoque correcto. Haremos bien en preguntarnos cuál es el enfoque poético y tradicional de Robert Graves, y lo encontraremos en el prólogo de La diosa blanca:
Mi tesis es que el lenguaje del mito poético (…) era un lenguaje mágico vinculado a ceremonias religiosas populares en honor de la diosa Luna, o Musa (…) y que éste sigue siendo el lenguaje de la verdadera poesía, «verdadera» en el moderno sentido nostálgico de «el original inmejorable y no un sustituto sintético». Ese lenguaje fue corrompido (…).
(…) La función de la poesía es la invocación religiosa de la Musa; su utilidad es la mezcla de exaltación y de horror que su presencia suscita. ¿Pero «en la actualidad»? La función y la utilidad siguen siendo las mismas; sólo la aplicación ha cambiado. Esta era en un tiempo una advertencia al hombre de que debía mantenerse en armonía con la familia de criaturas vivientes entre las cuales había nacido, mediante la obediencia a los deseos del ama de casa; ahora es un recordatorio de que no ha tenido en cuenta la advertencia, ha trastornado la casa con sus caprichosos experimentos en la filosofía, la ciencia y la industria, y se ha arruinado a sí mismo y a su familia. La «actual» es una civilización en la que son deshonrados los principales emblemas de la poesía.
Estas palabras son la base fundamental para entender, tras las primeras obras de experiencia bélica –Fairies and Fusiliers (1917) la posterior peculiaridad poética de Graves: la fidelidad a la grámatica del lenguaje del mito poético frente a la poética “moderna” y “actual”, industrializada, civilizada… el impulso dionisíaco frente a la hija del apolíneo socratismo, cabría decir -tan próximo, por ello, a Nietzsche. La poética de Graves no es la del clasicismo purista que pretende dominar a la Musa -identificada con la mujer y en general con la Diosa Blanca-, sino aquélla que se sabe dominada por ésta, la que tiene una comprensión del mito y su lenguaje:
El poeta clásico, por mucho talento o ingenio que tenga, no pasa la prueba porque pretende ser el amo de la Diosa; ella es su ama solamente en el sentido despectivo de quien vive en ociosidad coquetona bajo su protección. A veces, ciertamente, él es su alcahuete: trata de realzar la atracción de sus versos adornándolos con «bellezas» tomadas de poemas auténticos
Incluso identifca una poesía que quiso reintroducir su concepción poética, pero que se vio rápidamente frenada y pervertida, como fue el romanticismo:
La palabra «romántico», útil mientras abarcaba la reintroducción en la Europa occidental, por parte de los autores de romances en verso, de una veneración mística por la mujer, ha sido corrompida por el uso indiscriminado. El poeta romántico típico del siglo XIX era físicamente degenerado, o enfermizo, aficionado a las drogas y a la melancolía, peligrosamente desequilibrado y verdadero poeta solamente en su respeto fatalista por la Diosa como la señora que regía su destino.
Así, sus poemas traen bosques – An English Wood– en los que el poeta explicita la ausencia de Arpías, Grifos, Bardos, Satiros, Toros, y todo es quietud, verde hierba, puesta de sol, árboles inofensivos:
Here are no harpies fledged,
No rocs may clap their wings,
Nor gryphons wave their stings.
Here, poised in quietude,
Calm elementals brood
On the set shape of things.
(…)
Here nothing is that harms –
No bulls with lungs of brass,
No toothed or spiny grass,
No tree whose clutching arms
Drink blood when travellers pass,
No mount of glass;
No bardic tongues unfold
Satires or charms.
(…)
Only, the lawns are soft,
The tree-stems, grave and old;
Slow branches sway aloft,
The evening air comes cold,
The sunset scatters gold.
Small grasses toss and bend,
Small pathways idly tend
Towards no fearful end.
Fácilmente encontraremos en los poemas de Graves bosques, árboles, naturaleza habitada de seres mitológicos -recordemos el poema Faun– y fábulas como, por ejemplo, aquélla The Frog and the Golden Ball. El espíritu poético dominante es el del niño, que, como hemos visto al comienzo, está más próximo a una realidad que le resulta inexpresable en palabras -como en Nietzsche- y al que llega a convertir en el modelo de poeta en Babylon:
The child alone a poet is:
Spring and Fairyland are his.
Truth and Reason show but dim,
And all´s poetry with him.
El espíritu del niño es un ser intacto, pura armonía con el alrededor, sincero “yo quiero” -que diría Nietzsche-, que se vuelve perfecto vehículo poético para la llegada de la Musa. El contraste en estos versos entre la primavera natural, el reino fantástico de las hadas, y la verdad y razón que se muestran borrosas, tenues. Vemos con ello que hay, en Graves, un hilo de irracionalidad, de entrega incondicional y amorosa a la encarnación de la Musa, pero en una pasión trascendente que no necesita de la carne. La Musa desciende sobre el poeta, y éste trasciende el enamoramiento hasta, incluso, contar los látidos de vida –Counting the beats– proclamando la belleza del aquí y ahora:
Where shall we be,
(She whispers) where shall we be,
When death strikes home, O where then shall we be
Who where you and I?
Not there but here,
(He whispers) only here,
As we are, here, together, now and here,
Always you and I.
Counting the beats,
Counting the slow heart beats,
The bleeding to death of time in slow heart beats,
Wakeful they lie.
Aunque, en el amor, existen unos síntomas -como si de una enfermedad se tratara- que invitan a una heroica valentía, a una lucha infatigable para la que se ha de estar preparado:
Love is universal migraine,
A bright stain on the vision
Blotting out reason.
Symptoms of tru love
Are lenness, jealousy,
Laggard dawns;
Are omens and nigthmares –
Listening for a knock,
Waiting for a sign:
For a touch of her fingers
In a darkened room,
For a searching look.
Take courage, lover!
Could you endure such pain
At any hand but hers?
El poeta habla de su Musa, una mujer cada vez, en la que los síntomas se reproducen y repiten; mujeres que han sido poseídas por la Diosa, por la fuerza inspiradora, que no permanece en una sola, sino que, en su esencia, es continua espera: la Diosa es inmortal y la mujer mortal:
This they know well: the Goddess yet abides.
Though each new lovely woman whom se rides,
Straddling her neck a year or two or three,
Should sink beneath such weight of majesty
(…)
Woman is mortal woman. She abides.
La Diosa, la Musa, se encuentra depositada en todo: la naturaleza, el sí mismo, la trascendencia religiosa, el pasado inmemorial, la pureza y el amor. Por ello, el gran tema poético de Graves es, precisamente, la devoción a la Diosa hallada en todo lado, esquina y rincón de la vida y del mundo. Y por ello, la única utilidad de la poesía, como vimos antes, es la invocación religiosa de la Musa:
El motivo de que los pelos se ericen, los ojos se humedezcan, la garganta se contraiga, la piel hormiguee y la espina dorsal se estremezca- cuando se escribe o se lee un verdadero poema, es que un verdadero poema es necesariamente una invocación de la Diosa Blanca, o Musa, la Madre de Toda Vida, el antiguo poder del terror y la lujuria, la araña o la abeja reina cuyo abrazo significa la muerte.
El mito antiguo, en su pureza y autenticidad, sabía de esta función y de la condición del poeta; sólo allí, en el mito griego, en los bardos galeses, en el ollave irlandés, encuentra Robert Graves la autenticidad poética a la que sirve, de la que es complice y continuador, frente a toda otra poesía “moderna”, devota del clasicismo apolíneo.
Graves terminó asentado en Deià (Mallorca) sobre el Mediterráneo, el mismo mar de Jasón, de las Nereidas, de la isla de Hefesto, el de Ulises y Eneas, donde otros sitúan la Atlántida, aguas que, al fin y al cabo, fueron el centro de la vida y del mito de fenicios, egipcios, cartagineses, griegos y romanos, el enclave perfecto para quien quiere acercarse a un mundo distinto del que se siente heredero.
Héctor Martínez
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